¿Cómo era un juicio por brujería?

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A pesar de la predisposición que existía contra las brujas, legalmente era muy difícil probar su culpabilidad basándose solo en los rumores y en la presencia de las supuestas marcas del demonio en el cuerpo (desde pecas más o menos grandes que recordaran algún animal mágico, pasando por manchas en los ojos, hasta la ausencia de vello en las axilas o el pubis) y, de hecho, entre los mismos inquisidores había quien se refería a aquellos juicios civiles como si fueran una pantomima sin ningún tipo de base jurídica sobre la que fuera posible actuar.

A pesar del escepticismo que se vivía entre los inquisidores, todos los juicios se iniciaban a partir de la denuncia que interponía algún particular o, directamente, el tribunal correspondiente. Si la denuncia se aceptaba, se interrogaba a los vecinos para buscar indicios de la presencia de brujas en la zona como, por ejemplo, la muerte misteriosa de animales y personas, o la aparición repentina de tormentas que destrozaban los cultivos.

A partir de este punto, comenzaba uno de los momentos más macabros del proceso, que era la detención de las sospechosas. Lo más normal era que negaran todos los cargos, pero entonces era cuando se empezaba con los interrogatorios y las torturas para doblegar la voluntad de las cautivas. Para conseguirlo, los tribunales disponían de toda una serie de técnicas más o menos sofisticadas para hacerlas hablar pero, en Cataluña, la tortura más usada en los juicios por brujería consistía en colgar a las acusadas de las muñecas o los pulgares con las manos atadas a la espalda.

Generalmente, en este momento, después de las torturas, es cuando se aceptaban todos los cargos. Esto alimentó la imagen que todos tenemos sobre el arquetipo de la bruja: desde los vuelos en las escobas, los encuentros en lugares mágicos para celebrar los aquelarres, los bailes y las orgías desenfrenadas, la presencia del diablo, las renuncias contra Dios y también el asesinato de niños y la invocación de tormentas maléficas.

Lo más probable es que cualquiera confesara lo que fuera para detener las torturas. Pero aquello no era lo peor porque, sin saberlo, con aquellas confesiones, ellas mismas renunciaban a cualquier tipo de defensa posible.

Aquellos procesos acostumbraban a tener un único y previsible final: la sentencia de muerte y la ejecución pública que servía, al final, para reafirmar todo aquello que se pensaba sobre las brujas.

Habían quedado lejos aquellos tiempos en que las brujas eran condenadas a multas, ayunos y otras penas igual de leves. En el punto álgido de la caza de brujas, se las azotaba, se las descuartizaba, se las enviaba a galeras o, más normalmente, se las colgaba en la horca antes de quemarlas.

Solo en contadas ocasiones aquellas acusadas salieron bien paradas y siempre fue porque pudieron contar con la presencia de testimonios a favor, y también con los recursos económicos suficientes para asegurarse la ayuda de algún abogado que las defendiera. Otras, en cambio, tuvieron que recurrir a la misma Inquisión para asegurarse un mínimo de garantías legales que, óbviamente, no tenían en aquella especie de juicios sumarísimos que realizaban los tribunales locales y que estaban repletos de irregularidades.

Copyright David Martí Martínez. Reservados todos los derechos. Queda prohibido reproducir este texto sin la autorización expresa y por escrito del autor.